Para estos dias de lluvia

Desciendo. Abro mis sentidos al maravilloso y mundanal ruido mientras el cristal que me separa de la pseudo-realidad involuciona a su estado de inercia B (¡sí, inercia!) por una enésima vez. En el suelo han quedado esparcidas las cenizas de agua y tierra, consecuencia de la feroz guerra recién difunta, amontonadas, como si quisieran besarse y tuvieran miedo o vergüenza de que los vean.

Y el ruido es un susurro feroz, donde distingo cercano de lejano, ausencia de presencia, y mis ojos abrazan lo no palpable y lo vuelcan en el vaso de la experiencia vívida. Trato de perderme entre la soledad que me produce, muy a mi pesar, el imaginarme dentro suyo, lográndolo por breves instantes para luego ser expulsado como estudiante con un promedio de 69, y hasta la próxima vez, acá no ha pasado nada.

Desciendo. Me protege de la guerra que amenaza con retornar una sombrilla verde y etérea, por no decir eterna. Los dioses no han cumplido su promesa nueva vez y sus mensajeros han venido a llorar la tierra como señal de duelo. Duelo que sin vestirlo nos azota, duelo que rompe como una vasija impactada con furia contra el suelo el silencio el silencioso ruido de esta mal llamada existencia, que vacía los límites de la impaciente paciencia (así de irónica es la cosa).

Silencio. Ahora los pensamientos han venido a ocupar el lugar de las palabras. Tan sólo mi voz interna retumba en el espacio vacío de mi subconsciente que ha tomado vacaciones mientras me encuentre en este espacio-tiempo. Y la voz grita, sabiendo que no será escuchada y sintiéndose segura por eso. Sabe que solamente yo la escucharé y se conforma conmigo de auditorio. Grita hasta obligarme a taparme los oídos y mirar hacia arriba, preguntándome si en algún momento encontraré alguna distracción que me evite tener que descubrirme a mí mismo con dolor.

Miro a mi alrededor. La sombrilla verde, como la ilusión de un mañana que nunca arriba, ha estado aquí desde siempre. Soportando caos y calamidades, nutriéndose del plasma envenenado con el que tan mal se remunera sus servicios. Y al fondo, se escucha nueva vez el fiero susurro que ya regresa por lo suyo. La batalla re ha reiniciado. Salpica las cenizas de lo anterior creando réplicas distintas en todos y cada uno de mis poros. Dolor, amor, hastío, cansancio, locura, felicidad… hasta la misma insensibilidad se siente bajo la piel en este nuevo bombardeo horizontal. Mientras tanto, la vida se jolgorea al ritmo de las detonaciones, que se repiten como un ciclo sin final.

Desciendo…

Es de tarde, y está lloviendo.

 

(De mis [pre]urbano days, circa 2003. )

Catarsis, catarsis.

 

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