Besa tus sueños

El mar no es capaz de agotar la sed de mis entrañas

mucho menos de apagar el fuego que me encendiste

y me consume en el vacío.

Esta sala es una gigantesca arena

poblada por los fantasmas de siempre.

Que un día nos alzaron

para dejarnos caer

sobre el sol.

 

Si escuchas en silencio

se perciben sus risas

colgando desde la última grada de la ventana

a la izquierda del ocaso.

Saberse en su presencia

inclina la balanza hacia el miedo,

miedo equivalente a detener el calendario

en agonizante noviembre,

y prolongar, infinitamente, al desconsuelo.

Sostener esta carga que tortura las espaldas

y las suelas de nuestros pies.

Saberse en su presencia es una sed de náufragos

ante la inmensidad del océano.

Los fantasmas nos miran y nos sentimos cohibidos

presos de una culpa que aún no hemos purgado.

Nos rodeamos, mirando en círculos,

víctimas del indeleble marchitar

y el viento,

ajeno a nuestras preocupaciones

sopla en una canción

los mensajes expiatorios que no encuentro

“besa tus sueños”.

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