Caminos de plata

Me confieso amante de los viajes. Tanto en el trayecto como en el destino. Observar los kilómetros devorados bajo la inmensa corbata negra del pavimento (o el rastro de neumáticos que ha convertido un sendero en oficial).  La provincia esmeralda me brindó sus aguas, su verdor y su buen ánimo. Allí, en el tesoro más escondido de Monte Plata, entre loas y rumbos empinados que hicieron sudar a más de un colega, transcurrió un fin de semana. Fuegos artificiales matutinos, remedo de los chupinazos pamploneros, que espantaron a más de uno y que incluso hicieron recordar aquella salva de 21 cañonazos. “Faltan 18!”, escuché decir a uno de los colegas, buscando evadir el grito de miedo.  Y abajo, reinando por kilómetros, el agua, descendiendo a raudales en cada parada de esta excursión. Dificil resistir la tentación de hundirse en ellas, aunque en mi caso tuve que hacer la excepción (quien manda a decidir no llevar traje de baño). Monte Plata. Allá quedas tú con tus balnearios y tu verde luz, y aquí sigo yo defendiéndote y amándote, ahora más que nunca.

Catarsis, catarsis.

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