Oriundo del asfalto

“Y una vez más, las palabras escapando de mi boca se hicieron carretera (…)”.
D.C.


Algunos días, las fotos que habitan el subconsciente se antojan avaras de presencia, y hay que salir a buscarlas en los destinos más distintos y particulares. Mi trido vacacional, aparte de servirme para dormir la milla extra, probó ser la temporada perfecta para que brotaran alas de mis sueños y echaran a volar por la media isla.

Y hacia allá vamos, devorando el asfalto que recubre los distintos puntos cardinales. Sin brújula ni cronómetro, simplemente las ansias de conocer y volver a pasar por el corazón esas instantáneas que suelen empañarse o diluirse al caerles encima el ácido del olvido.

Entre parada y parada, olvidamos lo tortuoso que puede llegar a ser el trayecto para vestirnos con el frío atardecer montañoso de Jarabacoa, sumado a un trasfondo de cantos y poemas al azul del Yaque y Jimenoa.

Se suman alusiones a la eterna naturaleza isleña, rodeada de mar (y, por qué no decirlo, de Haití) por todas partes, mejor comprendida con una Presidente al lado. Voces conocidas y ajenas, mezcladas con gestos cómplices.

Continúa la secuencia de amaneceres y toca sentir los latidos del corazón cibaeño otoñal junto al propio, más allá de las plateadas difuminaciones frente al Monumento. Recorrer sus arterias que vibran con cada caminata urbana de redescubrimiento.

Humores compartidos hasta la llegada de medianoche en el medio de una ausencia particularmente ajena. Futuro que se escribe con tinta azul en cualquier banquito urbano. Hermandades y emociones apaciguadas por las tenues luces del ícono irrefutable del skyline santiaguero.

Algunos kilómetros más al nordeste, las raíces pretenden convertirse en (per)seguidoras de la estirpe heróica de Ojo de Agua, junto a una pequeña legión de hijos e hijas del sol, siguiendo las huellas de Patria, María Teresa y Minerva hasta encontrarlas descansando eternamente con Manolo en el jardín-museo.

Hasta del suelo brotan mariposas, y el respeto puede hasta tocarse con las manos y untarse sobre la piel. No hay quien pierda la oportunidad para invocar una plegaria sobre el mármol lapidario cuyos nombres no requieren de apellidos, porque ya la propia provincia los lleva. La caoba barnizada eterniza el 1960, sin importar el hastío de la guía de la casa museo por el “molote” que le llegó y sigue llegando. Es noviembre, el mes de las hermanas. Poco se puede hacer.

Los distintos trazos de la ruta de los murales han hecho más entretenidas nuestras andanzas desde Villa Tapia hasta Tenares. En Salcedo, un redoble de papeluses tiñe de colores el cielo frente a la iglesia. Más idiosincrático no podría ser, pienso.

Y al final, la carretera se vuelve nocturna y me convierto en un habitante más que experimenta la realidad cibaeña: de pueblo en pueblo.

Catarsis, catarsis.


“Esta es mi verdad, y con mi vida la defiendo”.

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