Ostracismo (a propósito del 100 aniversario de Julia de Burgos)

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Wake up Jane Doe. Te quedaste dormida en la 5ta avenida con 106. Aletargada, no te fijaste que tu aura se sumió en lo anónomio, tan distante de tu trópico y tu Río Grande de Loíza. Desnuda tu halo que llegaron tus quince minutos de spotlight. Llegan a desempolvar tu esplendor por tiempo limitado (tal vez por el módico precio de 99.99) tomarte prestada del olvido. Derramarán antes unas tempranas lágrimas de cocodrilo, condenando a las Antillas de conciliar desamparos y constituirse en diálogos de espaldas. Pierde cuidado, no van a extenderse. El tiempo no alcanza para melancolías. Ahora sí, empezemos. No eres Jane, te llamas Julia. Julia de Burgos. Tu voz era el retumbe de la candela caribeña. Supiste ser tu propio sendero en tiempos de salitre, sal e himnos sangrientos a la opresión. Hoy amanecen tus cien años y te retornarán a Santa Cruz cargada sobre hombros de fuego fatuo. Nubes lloverán ron sobre tu historia, perfumando tu existencia. Habrá quien sueñe con bautizarte nueva madre de la Patria en el parnaso borincano, a la siniestra de Lolita Lebrón. Poco importan las telarañas que te adornaban. ¿Quién va a reflexionar entre tanta alegría sintética? Ahora tu mirada triste eternizada preside todos los altares. No se olvide la monoestrellada a la diestra con el triangulito azul celeste… la Alcaldesa amará este detalle. Levántate Julia, mírate las manos de agua, antes que los hipsters resientan lo mainstream que te has vuelto y reclamen conocerte antes que fueras cool. Ven, te será simpático el ruido de tu nombre –el mismo que te fue negado en la muerte- en tantas bocas. Levántate a observar cómo te hacen guardia en tu esquina de Harlem, cómo te desnudan para vestirte de finos versos hilados por los más selectos poetas de tu Borinquen natal. No faltará quien llame a Dios para que venga a verlo todo desde tu espalda. Antes que anochezca el año, te esconderán en el ático. Resplandecerás por última vez gracias al paño con pasta. Darán una última mirada, apagarán la luz y cerrarán la puerta. Podría ser peor. Ya estarás acostumbrada a la soledad. Volverán entonces a celebrarte las ratas y los gusanos. Al menos sabes que sus honras son sinceras.

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