Huracán Georges, 16 años después

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Tenía 17 años. Era mi segundo trimestre en INTEC. Ese lunes 21 de septiembre de 1998 tenía dos materias por la mañana y una en la tarde, lo cual me obligaba a bajar hasta mi casa en el residencial KG1 a almorzar. Internet aún no estaba tan desarrollado en el país y mi única fuente de conexión era el laboratorio del cuarto piso en el edificio FD del campus inteciano. Durante la mañana, hablábamos de un huracán que ya estaba azotando Puerto Rico pero que aquí… poca información. Apenas lo que advertía The Weather Channel y algunas páginas de meteorología. Los medios locales empezaban a hacerse eco. Al llegar a casa, mi madre me franqueó en la puerta y me dijo: “tú no vuelves hoy a la universidad, hay un huracán en camino”.

Las ráfagas iniciaron temprano en la mañana siguiente, martes 22. La luz se fue poco después, a eso de las 9. Por prevención, nos dijo el entonces esposo de mi madre: por si acaso se caían postes de luz, así se evitaban incendios provocados por electricidad. Mi hermano y cuñada -aún residiendo en la capital- llegaron esa misma mañana a pasarse el huracán con nosotros. Por el radio de pilas -mi fiel compañero hasta hace apenas unos cinco años- escuché las palabras de Leonel Fernández llamando “al Todopoderoso” a “acompañarnos en estos momentos de dura prueba”. No dijo nada sobre cómo Elpidio Báez, director de la Defensa Civil, se mantuvo en un escepticismo espantoso, llegando a decir “tenemos todavía que ver cuál rumbo va a tomar”, y Georges cruzando el canal de la Mona mientras hablaba. Años después, Báez aspiró a diputado. Ganó.

Precisamente su pausada seriedad confundieron al más dudoso: mi padre entre ellos, que se tuvo que poner a recoger plantas y prepararse juyendo esa misma mañana, porque la noche anterior escuchó a Báez decir que “todo estaba bien”, sin problemas.

Esa noche hubo toque de queda. Mi casa, última de un cul-de-sac, empezó a inundarse llegando el medio-día porque la calle ya estaba anegada. Lo nunca visto. Caminar descalzo o mantenerse el mayor tiempo posible en la segunda planta. Horas más tarde, la antenota de la casa número 32 se desplomaba, pero sin interrumpir la vía. Mi hermano y esposa decidieron retirarse a su casa antes del anochecer. No fue fácil, me contaron luego, porque ya los árboles bloqueaban las calles.

Tal vez nunca sabremos cuanto daño hizo Georges. Tampoco sabremos la cantidad exacta de víctimas (se habla de fosas comunes clandestinas en la zona de Mesopotamia, en el sur del país). Yo sí puedo decir que los días subsiguientes fueron una prueba a la paciencia pero también un re-hermanamiento: los vecinos nos apoyamos, ora pagando entre todos la gasolina de una planta eléctrica para recargar los inversores, ora haciendo un sancocho con toda la carne del freezer para que no se perdiera, ora acostumbrándose a beber agua caliente porque el hielo se había convertido en oro congelado.

Ah si, la solidaridad y confraternidad también fue puesta de manifiesto cuando hubo que poner dinero para que la brigada de la CDE reconectara la luz. Ustedes saben, hay dominicanos que de todo episodio sacan beneficios.

Ayer, cuando mi amigo Rafael Mejía recordó la fecha, todos estos recuerdos -incluyendo el merengue que Johnny Ventura, entonces alcalde de la Capital, grabó para motivar que nos uniéramos en rescatar Santo Domingo y levantarnos de las cenizas- retornaron a mi. También el del “falso maremoto” dos días después que sólo vino a mostrar el nivel de paranoia colectiva que teníamos todos.

Catarsis, catarsis.

“Esta es mi verdad, y con mi vida la defiendo”.

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