Devorando carreteras

Mis amigos Darío y Arturo confesaron vía Twitter que envidiaban mi trabajo por mis contactos permanentes con la tierra más fértil de nuestro país. No sin morirme de risa tuve a bien contestarles que, más allá del trabajo, los más recientes se debían a diversión.

En efecto, los sueños se me han ido transformando en rutas asfálticas hacia cualquier rumbo medioisleño, principalmente en las provincias cibaeñas. Ningún lugar está lejos, parafraseando a la Yalo, si se tienen los ímpetus suficientes para vencer distancias y descubrir destinos no conocidos por el ojo… el de uno, quiero decir. Y entonces viene la fantasía de que ya los interiores de los autobuses te conocen, y te hacen más placentero el recorrido.
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Oriundo del asfalto

“Y una vez más, las palabras escapando de mi boca se hicieron carretera (…)”.
D.C.


Algunos días, las fotos que habitan el subconsciente se antojan avaras de presencia, y hay que salir a buscarlas en los destinos más distintos y particulares. Mi trido vacacional, aparte de servirme para dormir la milla extra, probó ser la temporada perfecta para que brotaran alas de mis sueños y echaran a volar por la media isla.

Y hacia allá vamos, devorando el asfalto que recubre los distintos puntos cardinales. Sin brújula ni cronómetro, simplemente las ansias de conocer y volver a pasar por el corazón esas instantáneas que suelen empañarse o diluirse al caerles encima el ácido del olvido.
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