Todo cambia

Aquellos polvos trajeron estos lodos. Faltando menos de 48 horas para finalizar esta novena jornada de la primera década del siglo 21, empiezan a asomarse fantasmas, pretendiendo nublar mi atmósfera con fantasías extintas. Aran la tierra desenterrando recuerdos que hoy no son más que el testimonio marchito de un pasado ahogado, y argumentos que se desangran al chocar con la primera pared del más elemental análisis. Así como todo cambia, que yo cambie no es extraño, cantaba la Negra Sosa en aquellos días y yo, que no me pretendo mejor ni peor que nadie, reivindico en este 30 de diciembre mi derecho a cambiarlo todo, incluyendo mi percepción sobre el planeta y quienes habitan en él. Cambiar porque sí, sin influencias del exterior y sus fantasmas, simplemente los sentimientos de un ente que mira al horizonte y siente sobre sus espaldas el peso de los silencios.

Catarsis, catarsis.

Pensamientos lavatorios en la madrugada

Ignoro por qué, tal vez habrá sido por la eterna “cadena de pensamientos” que me hace recordar las cosas más inverosímiles en los momentos menos adecuados, pero esta madrugada, mientras aprovechaba las horas de electricidad para ponerme al día con la ropa limpia (entiéndase, darle uso a la lavadora) me vino a la mente uno de esos pasajes de mi vida cuando el teatro se imponía.

Eran los días cuando a mí me tocaba hacer de malo y arrugaba la voz como Gárgamel, en una pieza pequeña infantil que montamos para la hija de una “gestora y periodista cultural”, cuyo nombre me lo reservo.

En fin, que la idea era proyectar ese cuento basado en el medio oriente y vender funciones, pero no tanto con el nombre del grupo en el que participábamos, sino más bien como una compañía llamada “Los cuenta cuentos”… llegamos incluso a presentarnos en Arcadas (EPD) a ver si conseguíamos algún picoteo, sin éxito.

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