nous aurons toujours la mer

La poesía nos salva,
nos mata y nos revive,
transforma y libera.
La poesía es el mar,
y el mar es el eco
de una respiración amada.

Una brisa arrullante tienta a no querer asumirte en vertical y a mantener cerrados los ojos todo el tiempo. La finura de la arena convierte en obligada la comparación con otros referentes más al norte. El guiño del cuarto creciente colgando proyectado sobre la pantalla del horizonte oscuro y sombrío, combinado con un archipiélago de estrellas cuyo fulgor perece con torturadora lentitud en el preciso lugar donde la tierra descubre su final.

Las tenues luces artificiales apenas sugieren los contornos de este desvelo a voluntad. Moldura perfecta para encajar aquellos pensamientos que se acumulan en una caravana en búsqueda de la libertad tras la diminuta puerta de salida y que, sin querer, quiebran un silencio reclamado por unas reflexiones vecinas. El instante de los silencios acompañados. La alegría sintética de esta soledad conjunta, nunca antes tan ansiada.

Le mer... Insomnios del alcohol y café que danzan con la brisa. Nostalgia que mana libremente a través de los poros. Cúmulo de sentimientos, como cuentas de esta fina arena perfumada por la sal. Las evocaciones del oleaje unos metros frente a tí, acometiendo con furia contra la playa. Historias que se deconstruyen y entrecruzan frente a la sombría inmensidad sin fondo, sedienta de naufragar entre pasiones que eternicen el instante.

Líneas paralelas alrededor, apuntando al infinito, cual gigantescos paréntesis que enmarcan una acuarela nocturna  junto al sempiterno jugueteo del agua y la dorada planicie que me sirve de lecho para construir una postal que le dé fortaleza a nuevos recuerdos a los cuales aferrarse.

Allí está, haciéndose notar con furia, esa justificación poética de profundidad y democracia -diría Guillén- y aquí estoy yo, desandando y borrando con la mano derecha los trazos de mi pié izquierdo… dejándome seducir nueva vez por el eco de una respiración apenas audible que se origina a pocos centímetros, en preparación de las nostalgias por nacer.

Catarsis, catarsis…

Pienso y…

Que si El Sujeto y cómo el léxico de nuestros barrios ha alcanzado niveles de musicalidad y «neo-poesía», que los anuncios de los setenta en dibujos animados y cómo podíamos tener esos niveles de creatividad con tan pocos recursos, que tecdo y mis anotaciones que descansan frente a mi escritorio, y que si Wendy Sulca tendada por «la tetita» de su madre y Delfín hasta el fin gritando «no puede ser, noooooo!» con una sobreactuación que supera la de los culebrones venezolanos son frutos de una imaginación febril o realmente existen en este planeta…

Y entonces llega el silencio y la cálida voz de Filio recordándome que «vienes con el sol» y me tira hacia el suelo boca arriba, mientras pienso en los códigos y las palabras que no se dicen -pero que se intuyen debajo de las carpetas- como también en la falta de oscuridad y lo necesario que se vuelve el aire cuando lo necesitamos.

Sí, realmente reflexionar un poquito nunca está de más.

Catarsis, catarsis.

Pensamientos lavatorios en la madrugada

Ignoro por qué, tal vez habrá sido por la eterna “cadena de pensamientos” que me hace recordar las cosas más inverosímiles en los momentos menos adecuados, pero esta madrugada, mientras aprovechaba las horas de electricidad para ponerme al día con la ropa limpia (entiéndase, darle uso a la lavadora) me vino a la mente uno de esos pasajes de mi vida cuando el teatro se imponía.

Eran los días cuando a mí me tocaba hacer de malo y arrugaba la voz como Gárgamel, en una pieza pequeña infantil que montamos para la hija de una “gestora y periodista cultural”, cuyo nombre me lo reservo.

En fin, que la idea era proyectar ese cuento basado en el medio oriente y vender funciones, pero no tanto con el nombre del grupo en el que participábamos, sino más bien como una compañía llamada “Los cuenta cuentos”… llegamos incluso a presentarnos en Arcadas (EPD) a ver si conseguíamos algún picoteo, sin éxito.

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